jueves, 19 de junio de 2014

1937

Frío. La estufilla apenas daba la luz suficiente para ser completamente consciente de lo que estaba haciendo. La mesa se bamboleaba suavemente hacia un lado y hacia el otro mientras intentaba mantener un pulso acompasado, pero era demasiado monótono, y yo llevaba un rato esperando un cambio. Algo externo. El sonido del bolígrafo cambió a una especie de rechinar seco. Empecé a deslizar el bolígrafo sobre el papel con furia, aún sabiendo que no dejaría más que la mera marca de la presión. Se había acabado la tinta, y lo único que me importaba en ese momento era escribir, por lo que una especie de ciega ambición me guiaba por el folio con rapidez, realizando trazos seguros y a la vez puro caos. Era lo que necesitaba, me daba igual lo demás. Tampoco me haría bien volver a leer lo que llevaba tanto tiempo escribiendo. Seguí guiando el bolígrafo con una velocidad y una fuerza absurdas.
“¿Para qué?” resonaba en mi mente constantemente. El sentido de las palabras se perdía entre las marcas invisibles del papel, que de repente se rasgó con un ruido que pareció provenir de muchos metros en la lejanía. Quedaron dos trozos desiguales entre mis manos y me eché a reír como un loco mientras dos lágrimas tristes resbalaban por mis mejillas como si llevaran tiempo queriendo salir. No duró mucho. Terminé de romper el papel mientras se borraban los últimos atisbos de sonrisa en mi rostro y los dejé caer junto a los carboncillos que alimentaban la triste llama.