El aire quemaba. Iba caminando a paso tranquilo de vuelta a casa, y
vi que alguien se paraba a mirar algo en el suelo, se incorporó y siguió
adelante. Era un hombre de estatura mediana, pelo corto y desordenado,
con una guitarra al que le sobraban cuerdas y colgaban otras
desilachadas. Iba acariciándolas con un ritmo repetitivo pero sin
melodía alguna mientras cantaba algo de lo que sólo se escuchaban
palabras sueltas. Se tambaleaba ligeramente de un lado a otro y se giró
al ver a dos jóvenes negros escasos de pelo, con la mercancía envuelta
en un trozo de tela, bajo el sol abrasante del mes previo a verano.
—¿Qué tal va todo hermano? —les preguntó.
El primero asintió con una sonrisa y murmuró algo que no llegué a escuchar.
—¿Volviendo ya a descansar, hermano?
Los dos murmuraron algo y por el rostro parecían exhaustos pero satisfechos.
—De
puta madre, sabéis que me alegro mucho hermano—continuó hablando con la
mirada en el árbol más cercano, aunque se seguía dirigiéndo a ellos—.
No tiene que ser así tío
—elevó el tono bastante—, SOMOS DEL MISMO SITIO, TODOS IGUALES HERMANO.
A partir de ahí fue como si siguiera la cadencia de una canción lenta, y los otros siguieron su camino sin despedirse.
“QUE ME CAGO EN LA PUTA
NO DEBERÍAN EXISTIR LAS FRONTERAS TÍO
TODOS SOMOS PERSONAS, ¿E O NO HERMANO?
NOS HAN DADO UN MUNDO BONITO
Y LA ESTAMOS AHÍ CAGANDO...
pero por gente como tú.”
Añadió en un tono más bajo, sonriéndome con el único diente que le quedaba mientras se alejaba cojeando con su guitarra.
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