lunes, 8 de diciembre de 2014

El emigrante


Era curioso. De verdad que lo era.
Volvía de nuevo a casa, tras siete años en una ciudad que me seguía pareciendo completamente fascinante. Volvía tal y como llegué, sin estar atado a nada, y sin tener nada a lo que agarrarme. Habían sido siete años sin más preocupaciones que la de seguir respirando. Simplemente maravilloso. Parecía que el tiempo no hubiese pasado por mí en aquellos años. Me sentía diferente, sí, pero más joven aún; con esa vivacidad en los ojos de alguien que ha visto mucho más de lo que abarca una simple mirada.
Nunca olvidaré el momento en el que me di cuenta de que el mundo es demasiado grande como para conocerlo entero, pero menos aún el hecho de que incluso un minúsculo mosquito puede incomodar a una sala llena de personas. Sí, una persona como yo, rodeada de tantas otras, tiene algo que mostraros, por lo que prefiero dejar de divagar en mis pensamientos, y  haceros conocer lo que me llevó a escribir el libro que tenéis en vuestras manos.

Llevaba encima poco más que el dinero para pagar el billete de tren y atravesar la aduana, y un paquete de tabaco de liar para pasar el rato durante el viaje.
Cerré la puerta de la que había sido mi habitación durante el último año y entregué las llaves al casero, que, al verme con las manos vacías, me preguntó:
— ¿Olvida usted algo?
— ¡Ojalá! —respondí con una sonrisa triste—. Esta ciudad me ha dado mucho como para marcharme tan pronto.
Me despedí de un firme apretón de manos y un par de palabras de agradecimiento. Ligero de equipaje, marché hacia la estación de trenes silbando mientras me liaba el primer cigarrillo de un largo viaje.
Intenté calcular el tiempo que me llevaría explicar todas las anécdotas del viaje a todas las personas que me importaban… por supuesto, también a todas las que tuviesen interés por conocerlas… además de las que simplemente no tuviesen nada mejor que escuchar.

Me fijé en que una anciana, que llevaba un libro bajo el brazo, miraba fijamente, estando yo sentado en el banco. Lo primero que pensé fue que quería sentarse en mi sitio, y me apresuré a cedérselo, a lo que ella declinó. Realmente le interesaba yo, las circunstancias que me habían traído hasta allí en el mismo momento en el que ella me había encontrado.
— Déjame que te aconseje, jovenzuelo —me dijo alguna que otra vez durante mi narración—. Tu historia es buena. Tú eres bueno. No todo el mundo merece la inmortalidad del alma.
Al principio creí que se refería a Dios.
Cuando puse el primer pie en mi destino deseé haber dado las gracias a aquella anciana. Aquí comienza su primer y último consejo.


FIN DEL PRÓLOGO

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